• Mario Alberto Gonzalez Robert

(Bruselas, Bélgica) El amigo congolés

Un día hablé con mi primo por teléfono y quedamos de ir al parque que estaba a diez minutos caminando del hostal en el que estaba trabajando para ir a jugar ping-pong con el kit que acababa de comprar hacía unos días en la tienda de 1€ a la esquina del mismo parque.

Al terminar mi turno de la mañana y el lunch, fui al parque y esperé unos minutos hasta que llegó mi primo. Le conté que iba a ese parque frecuentemente porque tiene unas estructuras donde puedes hacer ejercicios como barras, fondos y eso y quedamos en jugar un rato ping-pong para luego hacer algo de ejercicio. Estuvimos un buen rato jugando con nuestras raquetas y pelotas chinas de calidad pésima que se las llevaba cualquier ligera corriente de aire, pero aun así nos divertimos y ya cuando nos hartamos, fuimos a la zona de tubos a ejercitarnos. Llevábamos pocos minutos y era mi turno en la barra mientras mi primo descansaba cuando llegó un negro como de la estatura de mi primo, unos 190cm, con una actitud medio extraña que me hizo pensar que nos quería vender marihuana o algo raro. Nos saludó de mano y empezó a hacer la plática en francés preguntándonos de dónde veníamos, le dijimos que de México y él respondió que él venía del Congo. Luego de eso, prácticamente sin más plática, le preguntó a mi primo “Tu sais te battre? (¿sabes pelear?)” y se acercó a él quedando en medio de nosotros dos dándome la espalda. En ese momento me di cuenta de lo que quería, di un respiro y pensé “Maldición” y me empecé a acercar a los dos para ayudar a mi primo si el tipo este se ponía loco. Mi primo dudó qué responder a esa pregunta tan rara y el congolés dijo “allez! Tous le deux contre moi, je vous fais caca (vamos los dos contra mí, los hago caca)”. Mi primo empezó a caminar hacia atrás diciéndole que no queríamos problemas, yo hacia él emparejándome y el congolés nos seguía mientras decía cosas raras como “bueno, cuando el otro no quiere pelear no está bien seguirlo presionando”, pero aún así nos intentaba provocar, por ejemplo, soltándome una patada a la pantorrilla. Acabamos yéndonos al otro lado del parque, echando un ojo a ver si el congolés se iba o se quedaba ahí. En eso noté que en la cancha de futbol justo en frente de nosotros, había un grupo de niños como de once años, animando a dos de ellos mientras peleaban a puñetazos y dije “¿qué demonios es esto?”.

Seguimos checando a ver que hacía el congolés y hablando acerca de eso porque estábamos bien sacados de onda, cuando vimos que empezó a caminar hacia nosotros de nuevo, con una de nuestras raquetas que habíamos dejado ahí mientras hacíamos ejercicio y nos empezó a gritar, “¡olvidaron esto, vengan, se los voy a dar!” a lo que le dije que no gracias, se la podía quedar y empezamos a caminar, saliendo del parque por el otro extremo y yéndonos cada quien hacia su casa.


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